Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

lunes, 14 de diciembre de 2015

Yo, me, mí, contigo

Diputación Provincial de Huesca
Por: Alejandro Ratia
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Elina Brotherus. Le Nez de Monsieur Cheval, 1999.
Serie 12 ans après, 1999-2012.
Cortesía de la artista y de la
Galería Cámara Oscura, Madrid
© Elina Brotherus,
VEGAP, Huesca, 2015 

Nosotros, el tiempo y la ficción

En la imposibilidad de conocerse a uno mismo puede estar la clave del mito de Narciso. Verse a uno mismo como si fuera otro es una alternativa al problema, aunque esa solución no resulte ser sino el minado de la propia identidad, y el descubrimiento de la condición dramática, o mejor dicho, cómica del yo. Al observar la secuencia de los autorretratos de un mismo pintor, suele apreciarse un sarcasmo creciente con el paso de los años. Conforme mejor va conociéndose el artista, más va desconociéndose en el espejo. El tiempo que acentúa el aspecto crítico del artista respecto a sí mismo, interviene sobre la evolución del género de un modo parecido. El problema del autorretrato lo hereda la Posmodernidad de la Modernidad, pero las nuevas vías de acercarse al mismo parece que se vinculen más a lo literario, a mecanismos poéticos o narrativos. Pessoa o Borges pesan más que Van Gogh. El reconocimiento de lo autobiográfico como ficción viene a ser obvio en el discurso narrativo, donde el simple hecho de ubicarse en el tiempo, y contarse, lo convierte a uno mismo en un objeto, en lo otro.

 

En “Yo, me, mí, contigo”, su comisario, Pedro Vicente, propone como comisario un análisis de la imagen autorreferencial. Los aspectos narrativos cobran protagonismo en varios de los trabajos que ha seleccionado. No es sorprendente que incluya uno de Sophie Calle, paradigma de un giro narrativo (o literario) del arte conceptual en los ochenta. “La Filature” (la vigilancia), ese proyecto de 1981 donde la artista contrata a un detective para que la siga, tal vez sea el ejemplo más llamativo del autorretrato posmoderno. Pero el proyecto que se muestra aquí es “Hotel”, memorable ejercicio de fisgoneo, que manifestaría, más bien, la capacidad del artista para mimetizarse y la capacidad de las cosas para inventarse ellas a sus propietarios. El proyecto mucho más reciente (2005) de Miguel Ángel Rebollo es uno de los muchos que han derivado de esas experiencias pioneras. El artista, becado en una Institución madrileña, contrata a actor para que lo sustituya y documente su experiencia. Se le da la vuelta al modelo del artista como simulador, y se juega a poner en cuestión el mundo cerrado del arte actual, introduciendo un elemento extraño, necesariamente crítico. Al final, siguiendo el tópico de que todo está inventado, el falso artista es un convencional emulador de performers clásicos.

Las “suites francesas” de Elina Brotherus se refieren también a la experiencia de una artista “en residencia”, una finlandesa trasladada a Francia. Un idioma ajeno se convirtió en una vía de poner distancia entre las cosas y la fotógrafa, cosificación humorística de sí misma. Pero lo que se presenta aquí es un paralelo entre esa serie de fotografías (de 1999) y las que tomó, en el mismo lugar, doce años más tarde. Esto introduce el factor (o el veneno) del tiempo como distorsionador, la causa más evidente en el trueque del “uno” en “otro”. Es el mismo factor que interviene de forma modélica en “El libro de las cabezas” y el los “Autorretratos aleatorios” de Esther Ferrer, uno de los puntos fuertes de la exposición. La hibridación de la artista consigo misma, a edades diferentes, o los efectos del Arte Combinatoria sobre el rostro provocan el extrañamiento y el nacimiento de un monstruo alegórico. También resulta ser el tiempo y la cosificación los que aportan ese valor tan especial, y paradójicamente emotivo, a los autorretratos sin rostro de John Coplans. El cuerpo nada apolíneo del artista sexagenario, fragmentado en cuatro secciones, adquiere la condición de extraña escultura.

Como en otras exposiciones del ciclo VISIONA, se incorpora al discurso una exploración de los fondos de la fototeca oscense. La secuencia temporal de autorretratos de José Oltra y esos otros donde Faustino Villa muestra su afición por la pantomima y la mueca, en montajes ordenados por el comisario, representan, en realidad, un doble modo de entender la crítica del yo. La identidad que se consolida pero se transforma, paradójicamente, con el paso del tiempo. La identidad que se disfraza y dramatiza a voluntad. En este último aspecto, dos de las artistas seleccionadas, la profética Claude Cahun y Ana Mendieta, representan una doble posibilidad de imbricación de esta última alternativa, la dramática, con el muy específico problema de la condición femenina. 

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