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y arte contemporáneo

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martes, 24 de mayo de 2011

Enrique Larroy: Pensamiento Especular

Por: Elena Zapata
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La historia que vivimos es una escritura; en la escritura de la historia visible debemos leer las metamorfosis y los cambios de la historia invisible. Esa lectura es un desciframiento, la traducción de una traducción: jamás leeremos el original.
Octavio Paz, Postdata

Durante unos días inciertos, en los cuales pensé en abstracto sobre estas líneas, me propuse no revisar los catálogos que están en mi biblioteca itinerante para evitar recurrir a las referencias ya escritas sobre la larga trayectoria de Enrique Larroy. Todo ello con la pretensión de no dejarme marear, de no rehacer lo hecho, pero fracasé en este intento.
No me importó demasiado porque el título de esta exposición Especular (De Popova a Matilde Pérez) remite en cierta forma a dejarnos ser continente de otras referencias, de otros reflejos que nos permiten vernos o reflejarnos desde más puntos de vista. Lo especular, derivado del latín speculum/specula del verbo specio, mirar, como adjetivo es relativo a un espejo y como verbo especularis procedente de specula, mirar desde arriba, mirar desde algún punto desde el cual se nos permite la reflexión sobre algo con cierta distancia.

 

Dicho esto, recuerdo que comenté a Larroy en una de nuestras conversaciones que el concepto especular daba mucho juego y ahora pienso que en realidad una importante presencia a lo largo de todo su trabajo, de todo su recorrido por la pintura, es el juego y que lo especular es una consecuencia de ello. Siempre han estado ahí las referencias o la abundante información contenida y Larroy siempre ha jugado sus cartas generando nuevas posibilidades de diálogo, nuevas formas de ver. En la misma conversación, me dijo con cierta ironía: “Es hora de poner las cartas sobre la mesa”. Esa frase, sacada ahora de contexto, se me grabó en la cabeza a la manera de titular. Larroy siempre da pistas que, con la distancia prudente, se transforman en posibles guías de sus enigmáticos laberintos.

A pesar de los reflejos acelerados que a veces sus obras emiten, siempre ha jugado con lo especular, con reflejos e ironías ópticas meditadas por la mirada. Ahora nos permite asomarnos de puntillas a estos recursos. Esta vez no deja que la pintura se expanda por la sala y nos invada con sus formas sino que somos nosotros quienes nos acercamos. Las obras de esta serie son de formato más reducido del que nos tiene acostumbrados, a excepción de su sutil intervención en la sala, pero no por ello dejan de conseguir la misma profundidad a partir de elementos planos, a partir de los reflejos de los propios materiales. Larroy se permite y nos permite adentrarnos en los estratos de su trabajo, desvelando aspectos de su construcción, especulando, mirando con atención entre las distancias de sus múltiples capas. Capas que siempre han sido conseguidas en su pintura a base de color y tiempo y que ahora se presentan con la consistencia física del aluminio, el metacrilato y el papel en un espacio condensado donde el aire circula con naturalidad.

Si tomamos distancia, la disposición en sala de las obras, todas del mismo tamaño, pueden parecernos una sola obra fragmentada; puede darnos la sensación de disposición ordenada a modo de una carta de colores, pero esto no hace sino ser la carta de presentación de unas obras que hablan del proceso en sí mismo. Se nos muestran de manera más íntima sin la espectacularidad de la pintura, sino con la especularidad de la propia pintura. Los cuadros, han dicho alguna vez, son espejos con memoria.

Los títulos en sus obras nunca han sido obvios, son como breves comentarios que inventa según su humor el día que los bautiza, pero, también son como un color más, el color invisible, que matiza la pintura. En esta ocasión solo hay un título: Especular. Quizás así la referencia al significante la encontramos en los nombres de las artistas: Popova, Lee Krasner, Frankenthaler, Bridget Riley o Matilde Pérez, como síntesis de otras muchas, ya que a partir de sus trabajos se propone esta reunión de significantes (De Popova a Matilde Pérez). No se trata de ser excluyentes ni inclusivos sino de atisbar algunos recorridos posibles dentro de los escenarios de sus representaciones.

Algunos recursos asumidos por Larroy en el desarrollo de su trabajo remiten a muchas de las formas de estos y otros tantos nombres del mundo del arte, recursos que en su estudio son los materiales intelectuales de su manera de abordar la pintura. Quizás sea causalidad o no que estos referentes, por llamarlos de alguna manera, provengan de artistas sumidas en la experimentación a lo largo de su trayectoria, no solo al día de lo que ocurría en su época en el terreno artístico y social, sino en conexión con sus progresos más intuitivos y manuales. También Larroy está sumido en la teoría pero no desvinculada de la materia y de la intuición como parte de sus herramientas creativas. El color y los fenómenos ópticos, la geometría y el azar, son protagonistas indiscutibles a lo largo de su trayectoria.

Las imágenes acumuladas en su retina nos acercan a una línea en movimiento desde el siglo XX que aglutina parpadeos, destellos constantes, materiales cambiantes, simetrías estructurales, geometrías abstractas, procesos variables, fenómenos que Larroy comparte con esta nómina de mujeres artistas del siglo XX y que le son vitales para seguir optando por la pintura como modo de pensamiento.

Pero no nos dejemos engañar, Larroy juega ahora, en esta exposición, con formas y guiños extraídos irónicamente de la historia del arte como catálogo universal al alcance de todos, consiguiendo que la mezcla de todos ellos, de formas repetidas y asimiladas con el paso del tiempo, conformen una imagen que consigue la misma profundidad pretendida en el siglo pasado.

“Me gustan los laberintos de espejos, los faros marinos, las luciérnagas, los fuegos de San Telmo y los artificiales también, las exposiciones de James Turrell, vestir una sombra como hacía Cortázar, los catalejos y los caleidoscopios, los horizontes de sucesos, la Torre Tavira de Cádiz, la psicodelia, los magos y los ilusionistas, el conocimiento secreto de David Hockney, la cámara oscura y la cámara clara”. No hay que buscar palabras de otros que definan mejor los deseos y juegos de palabras y de vida de Larroy, que sigue siendo un niño por su deseo de jugar, con la cabeza despejada para seguir atento en su mirada.

Retomando la frase del principio de estas líneas me surge una pregunta: Y si es hora de poner las cartas sobre la mesa, será porque ¿es hora de comenzar otra partida?. La verdad, no lo sé porque con Larroy nunca se sabe y eso es lo bueno.

 

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