Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

lunes, 26 de octubre de 2015
Santiago Giralda. "Dejar hacer a la sombra"
Galería Moisés Pérez Albéniz. Madrid
Por: Luis Francisco Pérez
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Quizás la cualidad más reveladora de la pintura realizada por artistas españoles, entre los treinta y cuarenta años, sea el análisis intelectual (y practicado al mismo tiempo que se ejecuta la obra) en torno a la idea de lo que Edward S. Said definió como “crisis de filiación”. Es decir, incorporan a la obra el cuestionamiento de un proceso lineal y progresivo (que en España nunca fue tal, más bien accidentado y abrupto, cuando no directamente escamoteado); pero en ese cuestionamiento, en esa “crisis” (y aquí radicaría el refinado ejercicio intelectual que agregan a su trabajo) plasman algo así como una contra-crisis, y que yo definiría como la creación de formas nuevas estético/artísticas que intentan asumir lo dado y heredado de discursos precedentes en una intertextualidad que no por “crítica” es menos “agradecida”, y con el deseo (en verdad muy creativo y necesario) de transformar su posición en una cadena simbólico-cultural a la que sin duda desean pertenecer. No hay rechazo, entonces, en esta crisis de filiación, pero sí una muy saludable activación crítico/creativa que defiende por igual la autonomía discursiva de su trabajo y la participación activa en la cadena de transmisión de conocimiento intergeneracional. Máxime cuando ese “tapis roulant” (nunca mejor dicho) no es únicamente “nacional”, pues también obedece a la libre y desprejuiciada incorporación de todos los nombres y hechos artísticos y culturales que el artista desea que formen parte de su panteón admirativo, a los que por supuesto también cuestiona a la vez que se deja seducir por sus encantos. Es posible que estemos hablando de la primera generación de artistas españoles “sin trauma”, y la primera igualmente en sentirse “artista español” de una manera tan relajada como efectiva y civilizadamente orgullosa de ello.

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Entrada de Luis Francisco Pérez
martes, 13 de octubre de 2015
Enrique Radigales: "Ni hueso ni pepita".
Galería Carolina Rojo, Zaragoza.
Por: Alejandro Ratia
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Una acción decrecionista, un devenir barroco.

En un texto de 2009, Valentín Roma hizo un buen diagnóstico de los que, por entonces, eran los intereses de Enrique Radigales: “el cuestionamiento de lo que entendemos por progreso en el territorio de la tecnología”, “la obsolescencia técnica”, en resumen, las relaciones entre temporalidad y tecnología. Al progreso sabemos que le gusta sembrar su camino de ruinas jóvenes, comportamiento asociado a un ritmo de crecimiento “exponencial” que excluye la nostalgia. Algunas de las obras de Radigales cubrieron este déficit elegíaco, así, el friso en piedra dedicado a la memoria del SPECTRUM, o las obras relacionadas con el concepto GLITCH, con el denominador común de aprovechar lo analógico y lo orgánico como back-up de lo digital. En cierto modo estas obras sintonizan con la tendencia freak a revisar y regodearse en el pasado tecnológico, pero sumando a ello (o descubriendo en ello, como cosa escondida) una lectura política.

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Entrada de Alejandro Ratia

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