Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

miércoles, 7 de mayo de 2014

LAS LÁGRIMAS DE LAS COSAS. Fundación Helga de Alvear.

Por: Juan Jesús Torres Jurado
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Thomas Demand. Ghost, 2003. 

Si bien el título es un lamento de Eneas a las puertas del templo de Juno en Cartago según el relato de Virgilio, una vez dentro de la exposición no pude evitar recordar la frase con la que Michel Foucault abrió su célebre obra “Las palabras y las cosas”: «Este libro nació de un texto de Borges». Seguramente, nadie como el genio argentino supo entender la esencia de todo aquello que conforma el mundo, cosas diseminadas que esperan a entrar en contacto, si es que no lo están ya. Una colección de arte tan formidable como la de Helga de Alvear es, en cierto modo, un vasto mundo. En ese magnífico universo es donde Marta Gili, directora del Jeu de Paume de París y comisaria de la exposición, se ha adentrado para analizar el terreno donde las inherencias de las personas y las cosas cohabitan: las imágenes. Se ha servido, con tal propósito, de los fondos fotográficos y audiovisuales de la mejor colección de arte contemporáneo de España, modelada desde la perspicacia, la inteligencia y la pasión de Helga de Alvear. Un cosmos, el suyo, que ha encontrado su espacio en Cáceres.

 

“Las lágrimas de las cosas” es la sexta revisión que la Fundación Helga de Alvear realiza, desde su apertura en 2010, de los extraordinarios fondos de la galerista. Marta Gili ha escindido la muestra en cinco partes diferenciadas. La primera, “Formas y Tipologías”, hace hincapié en la voluntad de la fotografía (sobre todo a partir de los setenta) de romper el eje espacio-tiempo con el fin de ensalzar al objeto como elemento histórico, cultural, social y político. Son obras de Edward Ruscha, Bernd & Hilla Becher y, su discípulo aventajado, Thomas Ruff que conviven con trabajos de Rodney Graham, Hannah Collins, Gabriel Orozco y Vansessa Beecroft. El resultado es una introspección en la propia forma, ya sea en el paisaje industrial o en el cuerpo humano convertido en un ente puramente estético. “Apariciones y Desapariciones”, la segunda estación, reúne piezas de Ignasi Aballí, Thomas Demand, una singular caja de luz de Jeff Wall (“The Giant”, 1994), Helena Almeida, Anne y Bernhard Blume y Eulàlia Valldosera. Aquí la imagen es una bisagra entre lo que aparece y lo que es eludido, un puente entre la apariencia y su innegable existencia. Quizás la parte más destacada del recorrido sea “Espacios entre lugares”, donde la “anarquitectura” de Gordon Matta-Clark o las fotografías de Ryuji Miyamoto, justo después del devastador seísmo de Kobe en 1995, resaltan las incoherencias y errores típicos de los componentes urbanos. Frank Thiel, Pierre Huyghe y James Casebere aportan además, en este tercer momento de la exposición, la incómoda incongruencia que el espacio arquitectónico ocupa entre la realidad social y la trama urbana.

De las relaciones entre el poder y el saber, de las ficciones del progreso post-capitalista y de los excesos de los hidalgos defensores de una trasnochada democracia versa “Arqueología del Poder”, la cuarta parte en la que Allan Sekula, y su apasionante “Fish Story” (1993-2002), FIschli & Weiss, Stan Douglas, Andreas Gursky, Montserrat Soto y Joáo Penalva manifiestan aquella negatividad intrínseca del poder que Foucault denunciaba en Vigilar y castigar. Un poder gustoso por la espectacularidad como indican las fotografías de Candida Höfer y el vídeo de Mar Wallinger, “Onan Operating Table” (1998), una ensoñación metafórica sobre la anestesia social en la que parecemos vivir. La última parte, y la más plural, es “La Melancolía de las Cosas”, un último alegato de intenciones de Marta Gili y su búsqueda de vida, desvaríos y querencias adentro de las cosas. Entre trabajos de Goldin, Fontcuberta, Alÿs, Chen Wei, Hanzlová, Ruff, Mapplethorpe o Feldmann, entre muchos otros, destacan los doce monitores temáticos de la vida de Ai Weiwei “258 Fake” (2011); una guitarra arrastrada provocando vejación y ruido filmada por Christian Marclay, “Guitar Drag” (2000), y, sobre todo, el vaso de leche que se agita tras cada golpe recibido sobre una mesa en “A glass of milk” (1972) de Jack Goldstein, en un ritmo machacón, una insistencia que roza lo violento.

Borges lamenta en el poema que abre la exposición (“Elegía”, dentro de “La Cifra”) la tristeza ante lo que ha sido y lo que no podrá ser. La fotografía, por la que Helga se empezó a interesar hace casi treinta años, adquiriendo hitos que ahora la explican sin pudor, se mueve en esa fisura borgiana, entre lo representado y lo desaparecido, entre los objetos y sus fantasmas, entre el concepto y el propio medio. “Las lágrimas de las cosas” se erige así en un ensayo de la imagen contemporánea, una acertada selección dentro de una colección apasionada y, sin duda, como una de las exposiciones del año.

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