Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

miércoles, 10 de agosto de 2016

La poética de la libertad

Catedral de Cuenca
Por: Juan Jesús Torres Jurado
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Los procesos de formación de trayectos culturales en ciudades que solicitan, con todo el derecho, una posición que les otorgue atractivo, suelen fundamentarse en la efeméride, en la supervivencia de hitos que pretenden explicar que el milagro cultural tiene que ver con el paisaje donde se forjó. Los gestores de arte contemporáneo -y su deseo de materialización de la historia, entendida como eterna y simultánea- investigan en esos sumarios de formalización y validación que permiten que el dinero, de una manera u otra, acabe llegando y consienta que los habitantes construyan una identidad propia, mimética en todo caso, basada en la genialidad de alguno de sus antepasados. Es lo que Rogelio López Cuenca planteó sobre el uso de Pablo Picasso en la ciudad de Málaga y su estallido expositivo y es lo que suele ocurrir cuando se cumplen años de la muerte o nacimiento de un temperamento único. En España, y evidentemente en Castilla, Don Miguel de Cervantes y su Quijote han sido y serán un motivo de orgullo y apoyo para la continuación de aquello que llamamos idiosincrasia de una tierra. Este 2016 ha pasado a llamarse Cervantes 2016 y es que hace cuatrocientos años que el bueno de Don Miguel nos dejó, motivo por el cual muchas ciudades se esfuerzan en celebrar un homenaje a través de la relectura de su inmensa obra. Lástima que en ocasiones, la obra sea lo de menos.

 

La poética de la libertad es la reverencia del Gobierno de Castilla La Mancha y la Catedral de Cuenca al sempiterno legado cervantino. Tres exposiciones que ocupan diferentes espacios del interior de la Catedral para reflexionar sobre el cautiverio, las ansias de libertad y la lírica procedente de esos momentos de angustia. Cervantes y la libertad abre el recorrido con la proyección de animaciones en clave de cómic (simulacro de cómic, más bien) en las que un molino de viento aletea sus aspas intervenidas y la figura de aquel hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, se construye a golpe de tinta de luz. Sin embargo, parece que la cautividad quijotesca no ha sido entendida, o en su defecto, ha sido vagamente leída. Don Quijote es esclavo de un mundo superficial y pobre ante su enérgica imaginación, mundo carente de emoción, insípido y aburrido. El universo de Don Quijote está lleno de matices, de perplejidades y de aventuras memorables, su libertad es la del valiente, la del inquieto, la del investigador. En la Catedral de Cuenca la falta de libertad se entiende en términos políticos que Cervantes no consintió; el genio no era obvio, su lucha se basó en la ironía, en el escape y en la falla. Cervantes supo que la revolución era no mirar a un poder caduco e idiota, pero aún activo. Su Don Quijote, más bien, huyó del espejo para adentrarse en él; su caricatura era la pobre visión de otro, ramplón, abrumado por la lentitud del tiempo. Por eso, no se acaba de entender la relación entre la deriva de Don Quijote y la insistencia del artista chino AiWeiwei, auténtica y pretendida estrella de la muestra.

Antes de llegar a él, como transición, el artista conquense y comisario de la exposición (junto a Carlos Aganzo) Florencio Galindo expone El laberinto del dictador, un cubículo de valla de pinchos en derrame, evidente recordatorio a tantas y tantas sangrientas fronteras. Una pieza intermedia, que de innegable olvida la poética anunciada, la misma felonía no escrita de saber distinguir entre comisario y artista. Ya en el claustro se muestra la archiconocida S.A.C.R.E.D, la gran instalación que ideó AiWeiwei tras ser detenido e interrogado durante 81 días por las fuerzas de seguridad chinas. Inaugurada en 2013 en la Iglesia de Sant’Antonin de Venecia con motivo de la 55 Bienal de la ciudad véneta, las seis cajas de acero en las que se suceden seis escenas representativas (miniaturas engrandecidas, intermedias a la percepción) del encierro del artista en una celda, accesibles a través de pequeñas rendijas situadas en los cubos de metal, sitúan al espectador en un plano voyeur pero inútil, como casi toda la sociedad capitalista. Por supuesto el trasfondo de la pieza, como la mayoría de la obra del artista chino, tiene una connotación activista, inquieta, donde el ansia de emancipación se desprende de cada gesto. AiWeiwei es un artista lúcido, contemporáneo por su efecto rebelde, por su alharaca de resistencia; su inteligencia reside en la creación de lenguajes autónomos basados en el guiño corporal, es decir, en la hechura. Pero también es un artista multimillonario, establecido, manido por el sistema de mercado, mainstream. Depende del acercamiento a su obra se puede conseguir una lectura de una u otra postura; desgraciadamente, aquí, no parece haber rastro de la primera. Para su exposición se ha instalado un pabellón que se integra de forma inteligente en el acogedor patio y que dialoga con la extraordinaria arquitectura del templo. De hecho, unos de los aspectos a destacar del total de la muestra es la perfecta conjunción de los espacios expositivos con la valiosa Catedral.

La última estación es Alta expresión. Cuando Fernando Zóbel decidió situar su Museo de Arte Abstracto Español en Cuenca reconoció dos cosas, que el arte moderno tenía espacio en un país consumido por la dictadura fascista y que la ciudad de las casas colgadas se convertiría en centro esencial para entender el arte que nacía tras la desgracia franquista. Cuenca se erigía en foco neurálgico de la ansiada emancipación, es decir, de la suspirada libertad. En la Catedral, ahora, se exponen obras de cuatro de aquellos valientes artistas; Martín Chirino, Francisco Farreras, Rafael Canogar y Luis Feito. Pero la sala es pequeña, ordenada sin un claro criterio e interferida por la proyección de fotografías de Juan Barte, que documentó durante años el quehacer de los artistas que decidieron hacer de Cuenca una ciudad cardinal en el arte contemporáneo español. Puestos a reflexionar sobre la libertad, sus rayos poéticos, sus consecuencias creativas, su validez como creadora de identidad, como anhelo de toda sociedad, quizás hubiese sido más sensato mirar a escasos metros de la Catedral en lugar de a miles y miles de kilómetros. Por suerte Cuenca sigue esculpida, solemne, silenciosa, esperando que sus secretos sean descifrados. La ciudad de las casas colgantes siempre merece una deriva en sus empinadas calles, perderse en sus sombras y en su misterio, sin necesidad de forzar nada, sin gritos ni alegatos. Cuenca es profunda y recóndita, en el susurro reside su riqueza. La poética ya estaba en Cuenca y siempre está en Miguel de Cervantes: “hay un refrán en nuestra España, a mi parecer muy verdadero, como todos lo son (…), que dice: Iglesia o mar o casa real, como si más claramente dijera: Quien quisiera valer y ser rico siga o la Iglesia o navegue, ejercitando el arte de la mercancía (…); porque dicen: Más vale migaja de rey que merced de un señor. (Don Quijote de la Mancha, Primera Parte, Capítulo XXXIX, Historia del Cautivo).

Del 26 de julio al 6 de noviembre de 2016 

Entrada de Juan Jesús Torres Jurado

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