Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Juan Luis Moraza. república

MNCARS, Madrid
Por: Juan Jesús Torres Jurado
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Juan Luis Moraza. Endscape (oppenheimereinstein), 2013. Aluminio pulido, madera. Colección del autor. Cortesía: MNCARS.

Una plaza, lugar de confluencias, de discusiones, de encuentros, de hitos, de representaciones, es el ejemplo más evidente de lo que podemos llamar la cosa pública. La primera plaza de la Historia, entendida como lugar de convergencia y congregación, fue el Foro Romano. El arquitecto veneciano y fascista declarado Giacomo Boni se encargó de las excavaciones arqueológicas del Foro desde 1889 hasta su muerte en 1925. Uno de sus grandes progresos en la arqueología fue el estudio estratificado de las ruinas del Palatino a través de la fotografía aérea. Un véneto arquitecto que se hace pasar por arqueólogo y restaurador, militante de sus ideas, y que se mantuvo alejado del mundo académico romano no iba a ser muy celebrado en una ciudad acostumbrada a la adoración; era oficialmente un personaje desagradable. Pero se respetó su archivo, de un valor incontable y de él se intuye que el origen de la ciudad más importante de la historia de la humanidad es posiblemente la Cloaca Máxima, el sofisticadísimo y primer sistema de alcantarillado de todas las civilizaciones. Por la geografía del lugar, los desechos de los siete poblados originales desembocaban en la Isla Tiberina, una zona pantanosa pero crucial para el comercio marítimo de las siete colinas habitadas y lugar idóneo para la propagación de enfermedades. Gracias a la Cloaca la ciénaga se hizo habitable, los comerciantes de los siete montes se concentraron en la plaza construida sobre los túneles. Intercambio de enseres, víveres e ideas. Sobre excrementos nació la sociedad romana y con ella el sistema político capaz de emplazar la dispersión, la Res-publica.

 

República; forma de gobierno confederada, participativa, discontinua. El espacio del poder ciudadano, una encrucijada heterogénea, multivocal y colectiva. Responsabilidad de todos sus agentes, exigente de dinamismo. Un museo debe tender a ser plaza porque la plaza es museo. La república, así, en minúsculas, de Juan Luis Moraza (Vitoria, 1960) es el Museo de Moraza, un espacio pensado desde el lenguaje para la concurrencia entre el ciudadano-artista y el espectador-ciudadano. En tambiénespacio para la implejidad, (Museo de la Participación) término acuñado por el artista para definir, en un momento donde la representación se sumerge en la depresión, la relación entre la complejidad del discurso y la implicación de los agentes participantes, con especial atención a la institución museística. república se articula en lo que parece ser una antológica que al mismo tiempo se aleja del resumen. Si bien es cierto que las salas ocupadas en la tercera planta del museo son una amalgama de los trabajos más sonados del artista vasco, en ningún momento la pretensión es el florilegio, sino más bien articular un discurso deslizante y fracturado. En los dieciocho espacios divididos, la república funciona como cohesión de las preocupaciones de un artista con un discurso luciente, de disposiciones conceptuales definidas y que conviven en un espacio representativo. La simbología (Museo Simbólico) que acecha a la investigación, la demografía (Museo Demográfico) como cuestión de esencialidad política y social, la expresión del deseo y el movimiento de un cuerpo individual que Moraza denomina dividuo,(Museo Antrópico) una fracturación interna en comunión con las roturas externas propias de un lenguaje por definición opresor.

Representatividad y Represencialidad, zonas enfrentadas en la exposición, son los dos polos opuestos que se atraen y que asientan la tesis. Ésta última se confronta con la primera por la reflexión sobre la presencia, metafórica y metonímica, del sujeto que es representado. El recorrido intermedio es una exploración sobre la relación de la obra de arte –en toda su extensión– tiene con su contexto. Precisamente ahí, en la trama relacional, es donde Moraza formula su planteamiento más punzante; la sustitución de los tradicionales marcos y pedestales dotadores de monumentalidad para pasar a un barroquismo eximente, descubridor de un universo desplazado, fracturado y embozado. Una sustitución de códigos lingüísticos: los marcos son partículas en Límite (Implosión), o, más recientemente, la deformación de las medidas en Arules. Lo que podría parecer un itinerario complejo, en realidad es desafiante y comprometido, lo que parece dificultad es sencillamente exigencia. A Moraza le importa el otro, exhortándole a asumir una posición activa. Si la república moderna se fundamentó en la Libertad, aquella que reside en los límites del otro, la Igualdad, donde el otro habita en el mismo plano, es la Fraternidad el grillete que sostiene la desintegración, el momento en el que devengo otro. Esta es la antropogénica república de Moraza, un espacio simultáneo cimentado, como el Foro Romano, sobre la piltrafa, por cronología, del ente contemporáneo que surfea entre la apatía y la apremiante necesidad de incumbencia.

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