Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

miércoles, 29 de julio de 2015

Javier Codesal. Ponte el cuerpo

MUSAC, León.
Por: Juan Jesús Torres Jurado
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José Val del Omar escribió: “El tiempo del espacio / es lo profundo. / Cuerpo de lo profundo / es lo inmutable”. El tiempo, ente separado del espacio, sólo es alcanzable fuera de la carne, en el abandono del cuerpo. Esa era la idea de un artista que llevó al extremo sus investigaciones cinematográficas, para quien el cuerpo era una especie de ergástula. Desde que los primeros futuristas italianos procurasen mecanizar el cuerpo, su evolución como forma de expresión artística ha estado tendida a la revelación de las pasiones más innegables; dolor, amor, deseo, trauma, transformación, belleza, enfermedad. El cuerpo es la proyección del paso del tiempo, inexorable, en su travesía firme hacia su desarraigo, su libertad. El cuerpo es el pathos desatado. Javier Codesal (Sabiñánigo, 1958) dedicó tres años (desde 1993 a 1996) en condensar las notas visuales para finalizar “Acariño Galaico”, la película póstuma del genio granadino. Su pulsión creativa le había hecho encontrar en las imágenes en movimiento un medio idóneo para reflexionar sobre el empeño individualista de los hombres contemporáneos, a veces de un insondable narcisismo, otras de un angustioso y privado dolor; su encuentro con Val del Omar no era fortuito, por supuesto. Así comenzó el diálogo de dos amigos en un café fascinados uno por el otro, fuera del tiempo. Hablaron del cuerpo, de la imagen de él, de sus movimientos y de sus caracteres, de sus cambios y de sus virtudes, de sus penas y de su decaída. De las fluctuaciones surge “Ponte el cuerpo”, la retrospectiva que el MUSAC le dedica a uno de los artistas más personales y adelantados de este país, capaz de construir un lenguaje sagaz a través del video, su faceta más conocida, pero también mediante el dibujo, la fotografía y la poesía.

 

Del cuerpo que se agrieta y contonea, del cuerpo imperfecto y del deseado, del cuerpo como lugar que esconde todo el tiempo, se ha servido Codesal durante toda su carrera para investigar sobre diferentes aspectos de la razón humana, de sus miedos y preocupaciones, de sus admirables ocurrencias. La exposición es un recorrido por las heterogéneas preocupaciones del artista y de cómo ha reflexionado las consecuencias de los hechos en la piel, como una escritura del tiempo. Cada cuerpo funciona como un cuaderno de notas; texto vivo, compendio de ideas que asaltan, tachones e insistencias. El cuerpo como el bloc, sugiere, no exclama axiomas, es un punto de partida. En los vídeos de Codesal se intuye una lejanía, una huida de cualquier trato puramente documental; no pretende encontrar un patrón, sino que es en la diferencia, en los detalles, en su lasitud, en su majestuosidad como medida del mundo donde uno puede, con un poco de atención, escuchar los susurros del otro. La cámara funciona por tanto como un médium, una vieja idea de canal por el que la intimidad se filtra para que el emisor y el receptor olviden la distancia física de la película, para entender que los cuerpos se componen de la misma química. Es por mímesis, más que por reconocimiento de pulsiones, que nos acercamos a sus personajes con recelo al principio para poco a poco, a medida que nos representamos en ellos, alcanzar el ligero sonrojo del voyeur.

César Vallejo escribió: “Ya va a venir el día, repito / por el órgano oral de tu silencio / y urge tomar la izquierda con el hambre / y tomar la derecha con la sed; de todos modos / abstente de ser pobre con los ricos / atiza / tu frío / porque en él se integra mi calor, amada víctima. / Ya va a venir el día, ponte el cuerpo”. Esa reclamación final le sirve a Codesal como apoyo y título a la muestra y a la pieza que para ella ha realizado; un encuentro furtivo en un hotel con un personaje en esa situación intermedia que el ojo del experimentado es capaz de reconocer. A partir de este punto el alegato se ramifica en dispersas interpretaciones del cuerpo, un recorrido no necesariamente cronológico en el que el placer, el dolor, la muerte, la ausencia encuentran su momento de indagación en obras como “Centauro” (1988) o “Tras la piel” (1996), que junto a “Días de Sida” (1989-1996) conforman uno de los acercamientos más lúcidos a la maldición del VIH jamás hecha en nuestro arte. Codesal vislumbró las terribles connotaciones que el Sida traía consigo, más allá de sus características físicas, y su intento de dignificación de las víctimas desahuciadas por la dolencia y por sus metáforas, como genialmente describió Susan Sontag, es una de las invocaciones más certeras del arte nacional de los últimos tiempos. “Ponte el cuerpo” combina el trabajo de un artista que no siempre ha encontrado el reconocimiento necesario, un montaje muy acertado que dota de amplitud un discurso ya de por sí extenso y una oportunidad de recuperar conceptos que la sucesión de imágenes promovieron en el pensamiento artístico. 

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