Domingo, 23/11/2014
ARTÍCULOS
viernes, 10 de septiembre de 2010

Iluminaciones profanas, una vez más. In memoriam José Luis Brea

A María Virginia y Armando

Hace muchos años, al poco de publicarse la traducción española, José Luis me comentó (casi siempre hablábamos más de literatura que de artes plásticas) lo mucho que le había gustado la novela de Harold Brodkey, El alma fugitiva. Desconocedor, en ese momento, de la referencia citada, anoté mentalmente la conveniencia de leer tal relato, pero al igual que tantos otros títulos, las circunstancias no favorecieron descubrir la magna obra del escritor norteamericano -así la calificaba, bien lo recuerdo, Susan Sontag en una reseña de la novela. Al día de hoy sigo sin leer El alma fugitiva, pero hace algo más de una semana (a José Luis le quedaban, literalmente, horas de vida) leyendo La ofensa, de Ricardo Martínez Salmón, me encontré con una cita de Brodkey que aparece en su famosa novela. Dice así: <<La muerte es la condición real que ofende a la fantasía>>. Desde que supe de su fallecimiento la frase de Brodkey ha venido en mi ayuda, aliviando una consternación negra, aligerando la radical incomprensión de un hecho para el cual ninguna teoría estética posee la grandeza o inteligencia suficientes para rebasarla, para entenderla. En efecto, la grosería de la muerte ofende a la fantasía, uno de los muchos significados que posee la palabra “vida”.

 

Escribir sobre la muerte de una persona en la que se unían la admiración más noble y honesta, desde un plano profesional, y la fidelidad más sincera y fraternal, desde la vertiente personal, supone, en esencia, un esforzado trabajo de equilibrios diversos, con el ánimo y la voluntad de mantener el sentimiento un grado por debajo de su propio entusiasmo, pero también de su propia pena y tristeza. Como tantas veces había escrito José Luis a propósito de la creación plástica contemporánea, y haciendo ahora mías sus palabras, no caigamos en la babosa y acomodaticia posición de ser rehenes de un falso nihilismo, y del veneno de sus trampas. Palabras textuales de José Luis: <<Nunca llamemos arte (o vida) a nada que no nos acerque a esto: Reapropiémonos de nuestros destinos. Recorrámoslos todos. Hasta llegar a ser, sí, -era nuestro real destino- verdaderamente infinitos>>.

La frase recién citada pertenece al artículo "Arte y estetización difusa de la experiencia," uno de los capítulos que conforman su libro Un ruido secreto. "El arte en la era póstuma de la cultura", publicado a principios de 1.996 y que para mí es el más deslumbrante de todos sus ensayos publicados en forma de libro. En los textos ahí reunidos no está únicamente “el mejor Brea”, pero es que en Un ruido… está “todo Brea”. Con ello queremos decir que está el Brea anterior a estos ensayos y esencialmente el Brea que dará forma a sus libros posteriores. En Un ruido… nos encontramos con el atrevido arquitecto de insospechadas y atrevidas ecuaciones estéticas, el rabioso polemista, el amigo que dedica un texto deslumbrante y hermoso a Pepe Espaliú, el fustigador de toda banalidad y lugares comunes, el amante de la escritura como imprescindible correlato ante la ilegibilidad de cierta creación contemporánea, el cruel ironizador ante determinados “éxitos” del arte español…, también está en Un ruido… el estremecedor texto que José Luis quiso rescatar en sus últimos días republicándolo en SalonKritik. El texto se llama (todo en él era lucidez anticipatoria) Los últimos días.

José Luis Brea ha sido (es, mientras nadie demuestre lo contrario) el teórico de arte más brillante e inteligente que ha tenido España en democracia, y si proyectamos la memoria retrospectivamente tampoco encontraremos muchos más. El más influyente también, desde los años ochenta, en gran parte de artistas y críticos más jóvenes, o de su misma generación. El más seguido y respetado fuera de España, cualidad ésta tan escasa en nuestro país. La vastedad y riesgo invertidos en su obra, la incansable actitud de “positivismo crítico” en todos sus escritos y manifestaciones (tal mal entendida esa crítica constructiva por sus enemigos, que los tenía, o por los simple y llanamente envidiosos de su talento), la infatigable especulación en torno a la producción de sentido de todo objeto estético, su obsesión (y admiración) por esta frase de Derrida que tanto admiraba: <<Una vez comenzada la representación, su clausura es precisamente lo impensable>>, son pequeños mojones (una pequeña parte como signo y señal de lo que pretendemos decir) de una obra admirable, generadora por ella misma de nuevas interpretaciones, en su riqueza incalculable. Sí, sabemos lo que decimos. Incalculable. Nos queda el consuelo de saber que “el mejor Brea” está por llegar: el estudio y catalogación de su obra, sin contar (lo espero, dado que lo deseo) la aparición de nuevos textos no publicados en vida.

Querido José Luis, descansa en paz. Te informo que ayer mismo compré, finalmente, El alma fugitiva. No sabes cuánto hubiera deseado que la lectura de esta novela se hubiera prolongado infinitamente en el tiempo. Ayer empecé a leerla. Estoy seguro que me entusiasmará, al igual que a ti. No te equivocabas nunca. Bueno, casi nunca.

Entrada de Luis Francisco Pérez

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1 comentario
happydays | jueves, 16 de septiembre de 2010 | 01:17
#1
En nombre de todos aquellos para los que José-Luís fue, intelectualmente, una compañía importante, gracias por este texto.
1 comentario
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