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y arte contemporáneo

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lunes, 14 de marzo de 2016

El MUSAC de ahora
Por: Juan Jesús Torres Jurado
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© Pamen Pereira, Foto: Pepe Caparrós. VEGAP, León, 2016 

La vorágine de sucesos que los actores de la contemporaneidad deben gestionar obliga, en ocasiones y por resumir, a crear generalidades que sobreviven en el imaginario colectivo a pesar de ciertas evidencias. Quizás porque la época tiende al refugio de localismos, no siempre es fácil afianzar una verdad que unos cuantos conocen en medio de la opinión general que, en suma, se fundamenta en la inocencia de su ignorancia. Sea como fuere, lo cierto es que existen halos de sospecha sobre ciertas prácticas continuadas durante los años de despiporre; dudas como manchas de vino tinto. El MUSAC de León es el ejemplo perfecto de cómo desquitarse y demostrar que, más allá de una arquitectura archiconocida y premiada, en las oficinas se puede (y se hace) trabajar intensamente para programar una serie de actividades que sitúan al museo por encima de su envoltorio y en clara disposición de afianzarse como el centro artístico (periférico) con las propuestas más interesantes de todo el territorio nacional. El MUSAC respira, está sano y fuerte y como tal, apunta a un futuro lúcido. El viaje, por tanto, es obligatorio.

 

La exposiciones que ocupan las salas del museo durante los primeros meses de 2016 no sólo se conforman con presentar planteamientos como meros acercamientos. León, en gran parte debido a la labor del MUSAC, es una ciudad tan cercana al arte contemporáneo que puede, sin temor, dejar de lado la superficialidad y adentrarse en discursos complejos y profundos. Las cinco salas, más el hall de entrada, acogen seis propuestas dispares, seis momentos intensos que obligan a una revisita, que junto a un extenso programa de actividades paralelas conforman un museo activo como pocos. ¡Chicas! ¿Por qué decidisteis montar un grupo? es el resultado de un ciclo de encuentros y conciertos pensado por Lados Magazine, un proyecto editorial encabezado por Amparo Fuentes y Javier Mielgo que se concreta con una videoinstalación en el hall de entrada al museo realizada por Elena Gallén, donde se recogen las entrevistas a diferentes artistas y profesionales musicales con la intención de definir la situación femenina en el entramado musical como industria. Como parte del “Proyecto Vitrinas” impulsado por el museo, los encuentros filmados en la biblioteca permiten una verdadera reflexión sobre la importancia de la mujer en la cultural musical independiente que, además de los cuatro cinco canales de vídeo, se formalizan en “Diálogos Musicales. Volumen Femme”, una sugestiva idea editorial.

Manuel Oliveira, comisario de Cómo hacer arte con las palabras, se apoya en “How to do Art with Words”, la inspiradora conferencia que John Langshaw Austin leyó en la Universidad de Harvard en 1955. Langshaw pensaba que las palabras, más que enunciar o describir la realidad, tenían el enorme poder de transformarla, es decir, que cada uno de los sonidos y signos del lenguaje eran actos performativos capaces de constituir acciones concretas. El conceptualismo de los sesenta basó muchos de sus logros en esa fe con la intención de superar definitivamente el aspecto técnico del arte para configurar un nuevo espacio creativo en el que la forma no tuviese más remedio que delegar ante el poderío de la palabra. La exposición que propone Oliveira con los fondos del museo investiga sobre la desmaterialización del hecho artístico que, por medio de la performance, el documento y el registro, ha sobrevolado el arte conceptual y el postconceptual. Las cien máximas de Dora García, los panfletos de Yto Barrada o los pastores que aclaman ante la cámara de Juan del Junco en un lenguaje atávico, entre otras pruebas, declaran, una vez más, un manifiesto que no pierde vigencia por consabido, el don de las palabras de construir mundo, una realidad en tensión que en la crisis del relato, parece necesario resolver. Contra esa intranquilidad global ha pugnado durante años la gallega Pamen Pereira a través de la meditación profunda, cultivando el “samadhi” hasta la iluminación. La mujer de piedra se levanta y baila funciona como retrospectiva en tres pasajes en los que la artista accede a un mundo en compendio con la materia prima, tres estadios donde los elementos, la práctica zen surcada en sus viajes a Japón y la recomendación de sus pulsiones internas en formas materializadas, descubren a una artista adherida a la necesaria conjunción entre la materia y el poder interior, una intensa “imaginación material” teorizada por Gaston Bachelard para alcanzar lo sublime. Sus instalaciones volátiles, en suspensión, livianas al mismo tiempo que rotundas, denotan una inusitada coherencia entre la contención, el desato y el origen.

Sin abandonar el sutil leitmotiv común en todas las propuestas, la resolución de tensiones internas a través de la dilatación de la experiencia, la sala 3 acoge Intersecciones una exposición monográfica de gina pane comisariada por Juan Vicente Aliaga, una oportunidad que no se repetía en España desde 1990. La tremenda artista franco-italiana alcanzó dosis de vigor en su trabajo difíciles de comparar. Preocupada por la ecología y alterada por la escala de violencia, como así lo hizo saber en su famosa “Acción Escalada no anestesiada” de 1971, pane siempre se propuso despertar el rechazo, provocar la convulsión en un mundo amormado e insensible. También dividida en una cronología correspondiente a tres momentos esenciales de su carrera, el recorrido comienza aportando pistas del complejo pensamiento que pane poseía. Sus formas tétricas discutían la hegemonía de un discurso que obviaba un mundo bárbaro capaz de cometer atrocidades (como los experimentos nucleares en Japón durante la guerra fría) y ser insulsos al mismo tiempo. Durante los setenta utilizó su cuerpo como límite, como fábrica de heridas que dignificaban el dolor para empatizar con ese lado común de todos; el desapego a la lesión, el miedo al sufrimiento. A través de una estética cercana a lo sagrado, cargada de simbolismos casi esquizoides, gina pane se posicionaba del lado del compromiso total hacia los desajustes sociales. En sus últimos años, en un estado cuasi místico, dispuso su trabajo como partitions, una división que le permitía el regocijo en su propia memoria y hacer sonar una armonía que sonaba a recuerdos y heridas.

El MUSAC de ahora es un museo prolongado, es un centro de programa. Los espacios de pensamiento se entienden transversales y no sin esfuerzo, huyen de la pasividad. El iris de Lucy ocupa las salas 4 y 5 en forma de epicentro, ya que la exposición dedicada al panorama del arte africano hecho por mujeres se extiende a una serie de actividades paralelas que permiten al leonés, habitante asiduo, poder acceder a través de diversas disciplinas al arte africano más actual, inmiscuirse en sus tensiones, sus diferencias y sus comunes; un continente que se retuerce en contra de la supuesta superioridad occidental, la misma que nombra por una canción de unos chicos de Liverpool a la mujer más antigua conocida. Además de la exposición comisariada por Orlando Britto Jinorio, dos programas de cine dirigidos por Beatriz Leal y Guadalupe Arensburg y otro ciclo de conferencias dirigido por Sabrina Amrani y el propio comisario erigen una amalgama que funciona como mapa, como resarcimiento, como intento de definir un lenguaje apagado durante décadas, castigado durante siglos. Por todo, el MUSAC de ahora es hacedor y comprometido. El MUSAC de ahora es de palabra.  

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