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y arte contemporáneo

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martes, 23 de junio de 2009

Cai Guo-Quiang: Quiero creer. ¿Nos lo creemos?

Por: José Ángel Artetxe
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Inoportuno: primera etapa, 2004. Donación de Robert M. Arnold, Seattle Art Museum, 2006. Museo Guggenheim Bilbao, 2009. ©FMGB Guggenheim Bilbao Museoa, 2009. Foto: Erika Barahona-Ede.

Junto a un grado asiático de explotación de los aspectos comerciales del pop art por parte del japonés Takashi Murakami, loado hasta la baba por la troupe de figurantes que pueblan las revistas del cuore, el Guggenheim presenta su primera exposición de un artista nacido en China. Y un servidor se siente como el personaje interpretado por Bill Murray en la película Lost in translation, un triste martes en el maremoto de animosos jubilados y colegiales.

Cai Guo-Quiang (Quanzhou, 1957) ofrece cuarenta obras realizadas en los últimos veinticinco años: dibujos, proyectos de explosiones, instalaciones y proyectos sociales. De entre las cuales eran conocidos sus dibujos de pólvora sobre papeles fibrosos, sus explosiones para exteriores y, en la vertiente de productor de espectáculos, el pebetero y sendas ceremonias de inauguración y de clausura de los últimos Juegos Olímpicos. El combinado de cultura tradicional china, tácticas revolucionarias maoístas maduradas en Japón –donde vivió entre 1986 y 1995–, taoísmo y budismo, arte internacional y violencia terrorista, con la escultura social de Beuys, los avistamientos extraterrestres y la preocupación por “la comunidad”, a la que el artista pretende vincularse solicitando manos para sus trabajos en cada estancia, son los mimbres para llevar a cabo su juego entre creación y destrucción.

 

Los efectos de prender explosivos sobre el papel y la documentación de semejantes intervenciones de land art en Estados Unidos, donde se llevaron a cabo explosiones nucleares, se combinan en esta retrospectiva con instalaciones de gran tamaño, acompañadas de cartelas poco clarificadoras que hablan de “idealismo socialista”, “revolución cultural” y “convenciones artísticas de nuestro tiempo”. En De frente, noventa y nueve lobos a la carrera, saltan y caen al suelo tras chocar con un cristal en alusión al Muro de Berlín y a la “falibilidad humana al profesar una ideología colectiva”. Patio de la recaudación de la renta de Bilbao reproduce todos los personajes de una plaza de mercado feudal en figuras de arcilla a tamaño real, cuyo deterioro anuncia su final, como campesinos bajo el yugo del terrateniente. Ante un pecio y su cargamento de porcelanas rotas, el accidente se hace presente en el caso de Un regalo de Iwaki.

Además, dos instalaciones colgantes. Los ocho coches con neones que ocupan el atrio del museo desde el suelo hasta el techo, simulando el efecto de una explosión, para remarcar el proceso de creación pese a cualquier violencia destructiva (¿en serio? ¿y has venido a contarlo a Bilbao?), consiguen la espectacularidad decorativa de una discoteca. Y ante las tallas en madera del crucificado y una corte de angelitos músicos en La era de no creer en Dios, nos preguntamos: ¿es por el título de la muestra o se trata de los extraterrestres avistados? ¿Será Cai un artista fallero en todos los sentidos de la palabra?

No sé si se trata de lo que él hizo, de lo que sugiere al espectador o de ambas cosas, pero como sostenía Chao Deng Ying, la esposa del que fue primer ministro chino Zhou En Lai: «Si queremos luchar contra los japoneses, habrá que aprender japonés».

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