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y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

miércoles, 28 de mayo de 2014

Arte y Naturaleza: Alberto Carneiro / Fernando Casás

Por: Alejandro Ratia
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Alberto Carneiro. Os bambus, 2009-2013 

INTERCAMBIO PERPETUO

Sala de Exposiciones de la Diputación de Huesca.

Se cumplen veinte años desde que naciera el proyecto “Arte y Naturaleza”, con una intervención de Richard Long junto a una de las cimas míticas del Pirineo, la Madaleta. Los espacios naturales de la provincia oscense y la sala subterránea de la Diputación, en la capital, fueron sus escenarios alternantes hasta que se inauguró el CDAN en 2006. El proyecto regresa ahora a su sede original, la de la Diputación, en un momento en que el CDAN ha dejado de ser aquello que fue bajo la dirección de Teresa Luesma, y se arrastra con una programación sin ambiciones ni norte teórico. La exposición del aniversario ha querido recuperar a dos de los protagonistas del ciclo, Alberto Carneiro y Fernando Casás, que forman un dúo excelente, complementario y cómplice. Las comisarias responsables de este encuentro han sido María Pallás y Catarina Rosendo.

 

El portugués Carneiro (Coronado, 1937) se formó entre Oporto y Londres. Asistió allí a la Saint Martin's School of Art, donde enseñaban Anthony Caro o Phillip King, y que llevaba fama de ser el mejor lugar del mundo donde hacerse escultor. En ella estudió también, por cierto, Richard Long. A un nivel más privado de su formación, Carneiro confiesa la influencia de los escritos de Bachelard y Jung. Estos datos definen dos vectores concurrentes, uno, coyuntural, su condición de pionero del Environmental Art –traslación del conceptualismo y del minimalismo al diálogo con la naturaleza– y otro, más personal, que hace de él un místico y un asceta, alguien que elige unir conocimiento y revelación. Las fotografías de la secuencia “A floresta”, de 1978, registran una acción en el bosque donde el artista, desnudo, se une a los árboles en una ceremonia sucesiva. Los árboles se convirtieron en leitmotiv para Carneiro. Cada árbol es un individuo vivo, y cuando los transforma en esculturas, se trata de verificar que su muerte es apariencia. En Huesca observaremos varias de estas metamorfosis de troncos, raíces y ramas, que, en ejemplos recientes, se apoyan en superficies de cristal, vinculándose a un mundo acuático, metáfora de lo imaginanario. También sus fascinantes cuadernos de dibujos hablan de una naturaleza vista desde dentro, desde arquetipos compartidos que vuelven a leer el cosmos como en las culturas ancestrales, encerrado por las aguas exteriores.

Fernando Casás (Gondomar, 1946) ha vivido entre Brasil, su país de adopción, y su Galicia natal. Fue en Río de Janeiro donde se dio a conocer como artista. Frente a la tendencias neoconcretas, casi hegemónicas en el Brasil de los sesenta, Casás opta por los materiales próximos a la tierra, y, desde muy temprano, por la defensa de la naturaleza virgen. La experiencia de la selva amazónica y la denuncia de su destrucción son determinantes. “En esta selva no se puede escapar a la penetración de lo absoluto”, deja escrito. La idea del hombre como creador parece que le sea ajena; se parece más en su actitud al coleccionista, recolector de objetos significantes de por sí. “Presentación de la naturaleza”, y no “representación” de la misma, como nos recuerdan María Pallás y Catarina Rosendo. El políptico fotográfico “Batatas” data de 1970, un año después de que Armstrong pisase la Luna, y muestra los tubérculos como si fueran asteroides. Se puede leer desde la ironía, pero también desde la sabiduría del hombre primitivo, tan apegado a la Tierra como abierto a las realidades espirituales, lejos del idealismo occidental.

En el catálogo, un texto de Nuno Faria nos da una clave para entender la obra de ambos artistas. Y se trata de la práctica del Dibujo, entendido éste de una forma ampliada, con su “parte de ritual y de experiencia”, de “universalidad y de individualidad”. En ese sentido el dibujo es equivalente a diálogo con la Naturaleza, o con lo otro, lo múltiple, desde la identidad. Este diálogo produce, en los casos de Carneiro y de Casás una obra que no es nada en concreto, aunque se materialice en objetos, sino un equilibrio permanente, una especie de acción necesaria que invita a la serenidad. Por ello mismo, resulta un acierto ir combinando en la exposición las obras de ambos artistas, casi confundiéndolas, e ir mezclando piezas de épocas diversas, en un trenzado continuo de sugerencias y estímulos.
 

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