Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

miércoles, 29 de octubre de 2014

Ángel Marcos. "Alrededor del sueño 4. Madrid"

Sala Canal de Isabel II. Madrid.
Por: Juan Jesús Torres Jurado
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Mientras William Jerkins seleccionaba las obras que formarían parte de la exposición “New Topographics. Photographs of a Man-Altered Landscape”, posiblemente supo vislumbrar que aquellas imágenes en las que el paisaje definitivamente se presentaba como irrecuperable tendrían calado en Europa. A este lado del Atlántico las ideas románticas no han acabado nunca de disiparse y tenemos cierta tendencia a encontrar en la naturaleza la idealización de una añoranza que tiene que ver con la sensación de pérdida que trajo el progreso desmedido. En una de las fotografías que Jerkins incluyó en la ya mítica muestra, moles de cemento y cristal se amontonan en un panorama plano y concluyente. Edificios que se aglutinan dejando poco espacio para un cielo que a juzgar por su tono podría disfrazarse de muro, palacios de oficinas y residencias que dibujan una geometría amenazante, como si tanta perfección resultase sospechosa. Desde un tejado de Bermont Street, en Boston, Nicholas Nixon resumió el sentir ante la ciudad que vive ante él.

 

En esa terraza se encontraba la lucidez con la que “New Topographics“ reflexionó sobre el nuevo paisaje alterado por la voracidad del hombre industrial, la capacidad para asimilar que la ciudad, espacio de oportunidades en el pasado, se había convertido en un monstruo que respiraba y que con cada exhalación era capaz de restablecer tendencias y movimientos, que generaba rupturas y pliegues, que rediseñaba su cartografía en nódulos y bordes. Pero, sobre todo, la exposición evidenció que la fotografía en sí era el medio idóneo para deambular por aquellas fronteras de la periferia, espacios confrontados entre el sueño y la pesadilla, lo interior y lo exterior, el privilegio y la desidia.

Como era de esperar las imágenes de aquellos lugares limítrofes y desnaturalizados calaron mejor en un continente donde las ciudades tienen centros históricos reconvertidos en parques temáticos. El concepto de no-lugar que acertó a definir Augé provocó una avalancha de fotógrafos que buscaban desesperadamente la instantánea de la despersonalización del espacio común; aeropuertos, fábricas y la urbe en contraste, la ciudad que muestra sus vergüenzas y esconde la felonía. Ángel Marcos (Medina del Campo, 1955) encontró también un motivo idóneo para su proyecto y apartó los paisajes de Castilla para adentrarse en las grandes metrópolis donde las disparidades son innegables. Su fotografía, sin embargo, se aleja de lo evidente en el paisaje y denota una clara referencia a ese “punto ciego” que narró Canetti, el universo detrás de lo visible, donde ya nada existe, donde todo es simulación, concepto archiconocido después de que Baudrillard se erigiese como gurú de la posmodernidad. “Alrededor del sueño” se convirtió entonces en un proyecto vital del fotógrafo, que ha viajado a los grandes hitos de la globalización en un intento de acopiar las características propias de un mundo nervioso en una estética de la abulia y el desamparo. Lo que ahora se puede ver en la Sala Canal de Isabel II tiene un matiz introspectivo, una vuelta al origen, o, más bien, una revuelta. “Alrededor del sueño 4. Madrid” es un ensayo sobre la evolución del sur entre teorías que explican la lejanía entre la lógica urbana y un mundo tembloroso. El epicentro, ahora, es Madrid, la capital de un país aturdido, carcomido, deambulante e imprevisible, ejemplo de una decadencia implacable y pausada. Dividida en actos, el esqueleto de la exposición es una imponente instalación que ocupa el eje central del espacio; casi doscientas fotografías viradas al selenio que abarcan una totalidad de Madrid, la primera ciudad europea que Marcos incluye en su proyecto. La pieza que parece un homenaje, un archivo que cae en picado, funciona como sacudida, una imposibilidad a la inadvertencia.

El diálogo entre lo que Ángel Marcos ha encontrado en China, Cuba y Nueva York y lo que revisa en Madrid convierte la visita en una suerte de confrontación entre las semejanzas de lo conocido y lo extraño, a pesar del cambio de escala. Si China es el progreso desalmado, La Habana la sinestesia entre una ciudad en bloqueo y sus gentes que la moldean y Nueva York la esperanza golpeada por su propio rodillo, Madrid es todavía una ciudad latente, donde se adivinan las consecuencias de la inoperancia, donde los espacios de identidad sobreviven bajo amenaza real. Marcos recupera los emblemas de la capital para unirlos hasta casi oír sus lamentaciones. Sorprenden y destacan las piezas en las que ha aparcado sus grandes formatos, muy presentes en la muestra (pero que sobrentienden una época pasada), para experimentar con cajas de cartón retroiluminadas, es decir, cajas de luz precarias decididamente acordes si hablamos de Madrid. Sus grandes fotografías de paisajes urbanos mantienen el sufrimiento y el apego que siempre han aparecido en su obra, y además son, en esta ocasión, un alarde de tamaños y técnicas, acabados diferentes, como una mesa de estudio vertical. Esa libertad, posiblemente alcanzada al pisar calles conocidas, al enfrentarte a una realidad ya sabida y superada, encuentra sus mejores momentos en “New York”, un excelente vídeo donde la ilusión periférica de la ciudad se retuerce en una conjetura sobre los límites del espacio urbano, y “Rabo de Lagartija”, una composición de fotografías en forma de señales lumínicas, veinticuatro sillas y un suelo de césped artificial que invita a contemplar la posibilidad de no ir tan rápido por la existencia. Sobresale un Ángel Marcos que ha reconocido los textos esenciales, que sin embargo, esconde para no evidenciarlos, sabiendo que es en la investigación donde se encuentran la mayoría de las respuestas. En la última planta, una buena selección de libros que explican el pensamiento contemporáneo se disponen azarosamente en una mesa, forrados con un papel blanco tapando el título a simple vista. Esto obliga al espectador a tocar los libros, abrirlos y ojearlos, con la sensación de haber tenido en sus manos las llaves del pensamiento crítico. Al final, en la cúpula del antiguo depósito de agua (que hubiese hecho las delicias de los Becher), una narración de Ortega y Gasset recuerda lo frágil que es el tiempo del progreso, los castillos de arena que en realidad son aquellos bloques de hormigón y acero que también fotografió Nixon.

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