Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

miércoles, 20 de mayo de 2015

56ª Bienal de Venecia, 2015

Historización de un pasado contemporáneo
Por: Pedro Medina
imagen

Joana Hadjithomas & Khalil Joreige 
Padiglione Centrale ARENA*

 

Desde el título, All the World’s Futures, Okwui Enwezor crea todas las sugerencias posibles, disparando un ambicioso horizonte de posibilidades. Además, sus declarados puntos de partida dotan de un peso filosófico considerable a su propuesta y, sobre todo, le permiten proyectar un corte “político” capaz de prometer ese análisis social que tantas Bienales anteriores han evitado voluntariamente. ¿Pero es en realidad esta Bienal un examen comprometido? ¿Recupera la carga propositiva del arte para pensar privilegiadamente el futuro?

Comencemos por las premisas y veamos luego su puesta en escena. Nada más tomar entre las manos el catálogo, llaman la atención sus dos pilares básicos de inicio: Rousseau y Marx, lo que nos hace pensar inmediatamente en la perfectibilidad de las cosas y en el cambio efectivo del mundo, aunque aparecen casi “museizados” en el catálogo, mostrando El contrato social y El capital como obras, imagen y mito de estos libros, y no tanto como texto legible.

 

Entre los textos de introducción, estos dos pensadores vienen bien escoltados por Foucault en la retaguardia para proclamar que hay que «hacer crecer la acción, el pensamiento y los deseos» para imaginar «un arte de vivir contrario a todas las formas de fascismo ya presentes». Pero la referencia que tiñe el discurso de Enwezor desde el principio son las Tesis de filosofía de la historia de Walter Benjamin y, en concreto, la novena donde el Angelus Novus de Klee, pasmado, se convierte en «el ángel de la historia», que «ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies», y este ángel irrefrenablemente empujado hacia el futuro por el huracán del progreso, que tan emotivamente describió el filósofo alemán, es el que parece guiar a Enwezor.

Sin duda, estos puntos de partida son una fascinante sugerencia que plantea un escenario de posibilidades extraordinario, una pretensión realmente alta y difícilmente conseguible. Veamos qué supone filosóficamente este origen antes de abordar la descripción de la propia Bienal. El sujeto de la historia queda cristalizado en el Angelus Novus, lo anterior ha quedado convertido en un huracán que surge del Paraíso, lugar donde se afirmó que la felicidad era posible. El progreso de la historia, su encadenamiento sistemático, su continuidad, no lleva de por sí a la emancipación ni a una sociedad más humana, más bien esa continuidad fatal nutre el mito de la historia, y solamente saliéndose de lo que acumula ruinas y catástrofes se hace posible pensar en una historia justa.

Así, por un lado, podríamos tener el aforismo 11 de las Tesis sobre Feuerbach de Marx: «los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo». Por otro, la tesis 9 de Benjamin y el posible tratamiento baudelairiano de la modernidad, en el que Benjamin destaca como aspecto fundamental ese intento de extraer lo eterno de lo transitorio desde la propia contemporaneidad del arte. Stendhal, espíritu impertinente pero visionario, se ha podido acercar a la verdad al decir que «lo bello no es sino la promesa de la felicidad». Pero ya el filósofo alemán constataba que la experiencia burguesa ha domesticado al arte, lo domestica transformándolo en decoración para sus interiores. Así, el arte no solo pierde el aura sino su privilegio, concedido por el Romanticismo, y que Baudelaire aún reivindica. El arte permanece como el discurso de la experiencia que aún no puede ser representada conceptualmente, frente a la forma de habitar moderna, que es “poética” y ya no es posible. Lo que nos ha quedado como losa es la reflexión posterior de Adorno, divisando la obra de arte inorgánica como «promesa quebrada de felicidad», donde no habría reconciliación posible entre ese tipo de arte que había llegado hasta él y los problemas acuciantes de la sociedad. ¿Son estos los conflictos, las cesuras y las correspondencias que pretende mostrar Enwezor? Parece complicado que así sea.

Tras el rotundo relato íntimo de Massimiliano Gioni de hace dos años, al que se le podían achacar algunas elecciones como el tramo final del Arsenale y la falta de interpretación del mundo actual –pero que salió más que airoso como constructor de un discurso que hacía tiempo que no se veía en la Bienal–, Enwezor asume el reto de unir éticas y estéticas desde estos puntos de partida, toda una declaración de intenciones difícil de realizar. Quizás aún sea presa –todos lo somos– de una promesa de felicidad posible en forma de poesía moderna, pero esta experiencia –en clave benjaminiana– no puede más que ser aporética (sin horizonte, un no ver allende los hechos) y dramática.

El comisario nacido en Nigeria habla así de una “constelación” –término prestado también de Benjamin– de Filtros: “Vitalidad: sobre la duración épica”, “El jardín del desorden” y “El capital: una lectura en vivo”, y con referencias a un «montar lo ya visto» eisensteiniano para transmitir este complicado escenario. Esta constelación pretende indagar sobre el “estado de las cosas”, afrontando así espectros y posibilidades del paisaje de los Giardini como teatro del mundo. Y desde las ruinas de la historia, «en pie, perplejos», plantea esta Bienal como un ver qué hay más allá del paisaje de ruinas, reivindicando el incesante potencial del arte para mostrar nuevas visiones de la realidad, aunque reconociendo que la obra de arte «no tiene obligaciones». Ya vemos cómo, por tanto, en las declaraciones iniciales se va rebajando la épica y dando paso quizás a algo más complaciente.

Así, el viento de la historia empieza a mostrar fracturas y ansiedades para caracterizar, en suma, un momento de fuertes tensiones como es el actual, que es reconocido en el catálogo de la siguiente forma: «el paisaje global está de nuevo en el caos». Si quieres hacérselo sentir al espectador, más que representarlo, sin duda lo consigue. Y los filtros, más que honrar su nombre, se convierten en estratos superpuestos que, sobre todo al inicio de los dos espacios de la sección oficial, se muestran como una brusca acumulación de obras. Quizás sean las ruinas de la historia.

El Director de la Bienal, Paolo Baratta, ha comentado con frecuencia en estos días que Enwezor completa una trilogía con la “intrepidez” de los artistas y la “fisicidad” de la realidad y de la historia a través de las obras. Las otras partes de la misma serían las ILLUMInations de Bice Curiger, que mostraban su relación con el espectador y la capacidad de observar, y El palacio enciclopédico de Massimiliano Gioni, con su introspección y expresionismo, utopías y obsesiones como inspiración. Ya vemos cómo en la base de esta edición se puede hablar del intento de magnificar los conceptos de “historia” y “realidad” en cuanto valores, y efectivamente por el Arsenale vamos rastreando líneas de acción política, desarraigo cultural, discursos postcoloniales… pero luego, en medio de esos muros alzados en la antigua Cordelería encontramos autores como Georg Baselitz, además, tremendamente monumentalizado.

Esto no es más que una muestra de la finalmente amplia representación de las grandes galerías en medio de tanto supuesto compromiso, que da sobre todo voz al pasado más que proponer un futuro. Además, entre esos numerosos datos que todos los años aparecen para revelar filias, fobias y generaciones, destaca que solamente 12 de los 136 artistas hayan nacido después de 1979, siendo muy frecuentes nombres más que historizados.

Aun así, parece que hay intentos de cambio de formato, de recorridos alternativos que tienen en el Pabellón Central de los Giardini su máxima expresión en la Arena, un espacio ideado por el arquitecto anglo-ganés David Adjaye y dedicado a una continua programación en vivo, convirtiéndose en el verdadero eje de este año. Tiene como actividad principal la lectura en directo de los tres volúmenes de El capital de Karl Marx, que, bajo la dirección de Isaac Julien, será leído a lo largo de los 7 meses de la Bienal, acción a la que se unen otras partituras y performances en esta Arena, no verdadero foro sino magnífico teatro que sirve para dar forma al concepto Vitalidad: sobre la duración épica. Entre esta programación se desarrolla un interesante y variado programa que va desde una performance de Tania Bruguera a un proyecto editorial de e-flux, del que hay un reclamo antes de entrar al Pabellón Central, pasando por otros proyectos como el de the Tomorrow, ya presente el año pasado en la Bienal de Arquitectura. No obstante, esta “lectura ininterrumpida” se adecua con dificultad a los tiempos del visitante de la Bienal y queda como una notable declaración de intenciones más que una realidad capaz de involucrar al más que nunca “espectador”. El resultado final se puede resumir en las palabras de Aurora Fonda en Artribune: «Leer El capital en la Bienal de 2015 significa que el contenido del texto ya es inocuo: es la única razón por la que puede ser declamado en alto en los Giardini».

Este formato, inocuo pero atractivo, muestra el verdadero espíritu de esta edición, ya no en el prometedor y engañoso All the World’s Futures, sino en el ampliamente desconocido subtítulo, Parliament of Forms, donde reconocidos artistas nos hacen sentir que este discurso es también sistema y no planteamiento crítico desde sus márgenes. No obstante, hay que reconocer que Enwezor ha intentado iluminar con fragmentos de historia, ha huido de muestras políticas tan familiares para él como las centradas en el documentalismo y la crónica de la realidad, y ha probado otras fórmulas, pero al final más que discurso o teoría, ha seleccionado algunas piezas fascinantes y nos ha situado ante la con-fusión de muchas otras, perdiéndose el planteamiento político y propositivo. De hecho, Enwezor declaró en la presentación de la Bienal que «si hay una política, es una política de la forma, respecto a lo que el arte puede producir», por lo que al final de nuevo hay un repliegue formal políticamente correcto.

El arte vive en la historia y de la historia, pero puede quedar en mero formalismo si no se estructura un discurso fuerte que una, como en las tesis de Benjamin, los acontecimientos por encima de la cronología, volviéndolos significativos más allá de deudas y compromisos.

Aun así, como siempre, la Bienal da la oportunidad de gozar algunas buenas obras y establecer buenos momentos, desde las piezas de Fabio Mauri, que hace hablar a Pier Paolo Pasolini y explorar las ideologías del fascismo, al NOW (2015) de Chantal Akerman o el espectacular y melvilliano film Vertigo Sea (2015) de John Akomfrah, que recuerda mucho a Isaac Julien. Son curiosos y elocuentes de una transición personal los interesantes contrastes entre las obras de artistas que repiten en Arsenale y Pabellón Central, como los clásicos Chris Marker y Christian Boltanski; necesarios otros homenajes a la carrera como el establecido a Harun Farocki; o disfrutar de los paisajes y el mismo proyector tan escultórico de Rosa Barba, del siempre impactante Andreas Gursky o de los microcosmos de Cao Fei y las performances orquestadas por Dora García. Todo ello para encumbrar este año el participativo archivo de Adrian Piper, León de Oro al mejor artista, y a Im Heung-Soon (1969), León de Plata al mejor “joven prometedor”.

Son oasis en medio del desconcierto, aunque se ha de reconocer que las partes finales de los recorridos hacen que nos reconciliemos visualmente con la muestra, aunque quizás no sean más que centelleantes “promesas de felicidad”. En estas culminaciones de recorrido, cabe destacar al citado John Akomfrah, la espectacular instalación de Kutlug Ataman, que sobrevuela la parte final del Arsenal, RikritTiravanija y su instalación de ladrillos para el público, en la que podemos colaborar con el Instituto Sindical para la Cooperación al Desarrollo (ISCOS), y, sobre todo, la imponente instalación de Ibrahim Mahama, que se extiende a lo largo de la salida del Arsenale.

Es una Bienal que parece partir de libros y estar destinada a ser uno, con un catálogo más cuidado que otras veces –una pena que se haya abandonado el proyecto editorial digital– y que explora la sensualidad de la imagen, más que ahondar en explicaciones particulares, únicamente introducidas por el discurso general, pero que nos entrega algunos textos y realidades que en el formato expositivo resultan altamente confusos.

En cuanto a las participaciones nacionales y demás exposiciones, este año la Bienal ha contado oficialmente con 88 países, tras las bajas de Costa Rica y Kenia, y son más las naciones representadas si contamos los 44 eventos colaterales, configurando este gran ente supranacional que es un «sismógrafo de las cuestiones del mundo» –como gusta definirla Paolo Baratta.

Al respecto, y en la operación de construcción de nuevos espacios activada en los últimos años, destaca en los Giardini el nuevo pabellón de Canadá y la destrucción de una sala de contenedores fascinante al final del Arsenale, ahora diáfana para que pueda exponer sin limitaciones la República Popular China.

Al margen de cuestiones inmobiliarias, un breve balance de los pabellones nacionales nos deja que la artista más nombrada en los Giardini, por su fuerte expresividad y resultado, ha sido Chiharu Shiota, en Japón, que entiende perfectamente el contexto bienalístico, optando por una instalación emotiva para un espectador voraz y veloz. A destacar también la extraña e intrigante instalación multicanal de Moon Kyungwon y Jeon Joonho en Corea del Sur, que sustituye las paredes por paneles de vídeo para mostrar su escena futura; la enigmática instalación de Joan Jonas, en Estados Unidos; la instalación de Pamela Rosenkranz, comisariada por Susanne Pfeffer, en Suiza, que explota las características físicas del pabellón y el contraste de color para sorprender al espectador; en el de los Países Nórdicos, representados este año por Noruega, la intervención de Camille Norment, en un ejercicio site specific interesante, donde los paneles de cristales duplicados y rotos enmarcan una delicada pieza sonora perfecta para este elegante pabellón; en la línea de algunas de las piezas propuestas por Enwezor, Bélgica hace cuentas con su historia y muestra uno de los pabellones con discurso más claro, aunque no necesariamente atractivo, mostrando el pasado colonial y la culpa ante el mismo a través de la propuesta comisariada por Katerina Gregos; el poco cautivador pero significativo pabellón de Serbia, a cargo de Ana Bogdanovic, con todos los experimentos fallidos de unión política; la poética pieza de IC-98 en Finlandia, que muestra el último árbol en un futuro lejano; y los árboles en movimiento de Céleste Boursier-Mougenot en Francia –muchos “desarraigos” este año, como el de Robert Smithson en el Pabellón Central–, por citar algunos ejemplos positivos.

En el pabellón de España, Martí Manen, tras varias exposiciones más que loables y personales, se la ha jugado con una apuesta arriesgada sobre las lecciones y voces en torno a la figura de Dalí, bien acompañado por las siempre comprometidas Cabello/Carceller, que vuelven a mostrar con soltura una pieza en torno a la identidad y su posicionamiento social, la inquietante y original instalación de Pepo Salazar, y la instalación con prensa ficticia, también para hablar de género y visibilidad, de Francesc Ruiz. En resumen, en su haber ensambla buenos artistas, pero esto no ha sido suficiente para conseguir una propuesta lograda, que se ha percibido como pretenciosa, quedando mayoritariamente incomprendida.

En el cada vez más nutrido grupo de naciones presentes en el Arsenale, citar la lograda y evolvente instalación de acero de Tania Candiani y Luis Felipe Ortega para México, que reflexiona sobre el poder, convirtiéndose prácticamente en un antimonumento; la presentación con pabellón propio de Perú, con una conseguida y correcta propuesta escenográfica de Gilda Mantilla y Raimond Chaves, y de Ecuador, con la polémica instalación multimedia de María Verónica León, quien ha financiado su participación en la Bienal; el Instituto Italo-Latino Americano, con la instalación sonora comisariada por Alfons Hug, que da voz a la población indígena de América Latina; y un digno pabellón de Italia, comisariado por VincenzoTrione, a pesar de experimentos fallidos como los de Peter Greenaway –muy lejos de lo que hizo en la Fundación Grassi– o la petrificada Vanessa Beecroft, pero loable en general, sobre todo si se compara con ediciones pasadas como la de Vittorio Sgarbi en 2011, sin duda uno de los capítulos internacionales de la infamia.

Entre las naciones desperdigadas por la ciudad, señalar la presencia por primera vezde las Islas Mauricio, con un comisariado de Alfredo Cramerotti y Olga Jürgenson, que hacen dialogar a artistas europeos con artistas de las Islas, o la vuelta sin pena ni gloria de San Marino y su grandilocuente pero no logrado Friendship Project China. Sin duda, destaca la elegancia y solvencia con la que Joao Louro trabaja con imagen y texto en un sobresaliente pabellón de Portugal, comisariado por María Corral, y que sirve de presentación del MAAT, el nuevo museo de Lisboa que abrirá sus puertas en 2016. La mayor repercusión de prensa ha sido para Islandia, comisariada por Nina Magnúsdóttir, que lleva a cabo la idea del artista Christoph Büchel de construir una mezquita en una antigua iglesia, Santa María de la Misericordia; polémica servida y riesgo de cierre ya a la semana de su apertura. Y, naturalmente, Armenia, que desde la instalación de Olafur Eliasson en 2005 no llevaba tanta gente a la isla de San Lázaro de los armenos, verdadero centro de peregrinación y conservación de la cultura de esta nación casi aniquilada; de hecho, este año, centenario del genocidio armeno, el pabellón está dedicado a los artistas de la diáspora, por tanto, a la memoria, identidad y resilencia de este pueblo, lo que le ha hecho merecedora del León de Oro de este año.

Entre los eventos colaterales, destaca la participación conjunta de dos países históricamente enfrentados, India y Pakistán, en My East isYour West, comisariada por Natasha Ginwala y Martina Mazzotta, que cuenta con los artistas Shilpa Gupta y Rashid Rana. Por encima del histórico encuentro político, se convierte en una grata sorpresa que, a través de una muestra fresca y divertida, hace un interesante y pertinente uso de la tecnología para comunicar y acercar realidades. Llama la atención, en efecto, la casi ausencia de propuestas tecnológicas, o su uso gratuito y poco interesante, como en la República de China, o preocupantemente ingenuo, en el Pabellón de Egipto, realmente para olvidar. Este fenómeno afecta a la propia organización de la Bienal, que abandonó el proyecto digital por una cuestión de rendimiento económico directo, sin contemplar las posibilidades de actualización, fotografías y vídeos in situ, contenidos aumentados, interacción, desarrollo e investigación continuada que ofrece la plataforma.

Por otro lado, Cataluña se muestra con una más que correcta pieza de Albert Serra Juanola, comisariada por Chus Martínez, reivindicando y reflexionando sobre la noción de “singularidad” y cómo la crea el cine; eso sí con una duración excesiva para el estresado visitante a la Bienal. Además, este año ha tenido una nutrida presencia española, especialmente gracias a Beyond the Tropics, producida por AECID y comisariada por Inma Prieto, y que cuenta con la presencia de Núria Güell, Avelino Sala, Isabel Rocamora, Jorge García, Patricio Palomeque, PSJM Daniela Ortiz, Joaquín Segura, Iván Candeo, Tomás Ochoa, Eugenio Ampudia y Andrea Mármol. Y también señalar la bien resuelta presencia en dos espacios de la isla de San Giorgio de Jaume Plensa, que fascinaba a quien descubría su obra.

Entre los demás acontecimientos que se ofrecen por doquier en la ciudad, Frontiers Reimagined en Palazzo Grimani, comisariada por Sundaram Tagore y Marius Kwint, con 44 artistas para imaginar un orden global donde no se impongan las barreras del nacionalismo, el etnocentrismo y la política identitaria; Personal Structures. Crossing Borders, el llamativo y plural proyecto entre Palazzo Bembo y Palazzo Mora a cargoo del European Cultural Center; la falta de interés este año de las exposiciones de la Colección Pinault, totalmente prescindibles; la buena exposición sobre La nueva objetividad en el Museo Correr, que rigurosa y crudamente muestra la República de Weimar; y por encima de todos el Palazzo Fortuny, que vuelve al espíritu de ese maravilloso proyecto que en 2007 –introducido por el fascinante tapiz del León de Oro a la carrera de este año, El Anatsui-, 2009 y 2011 estableció la permanencia de lo antiguo generando arriesgadas y fabulosas correspondencias entre distintas piezas separadas a veces por siglos, quedando suspendida la cronología en pos de una “reflexión” de formas. Este año Proportio, comisariada por Axel Vervoordt y Daniela Ferretti, nos ofrece nuevas “medidas” del mundo, del cuerpo a la arquitectura y el cosmos, para convertirse en el gran atractivo temporal de los museos venecianos.

Y en otro orden de cosas, mencionar también algunas notas sobre otras “políticas” de este escaparate mundial que es la Bienal, que –dentro de una pensada estrategia turística– este año ha anticipado su apertura a inicios de mayo para hacerla coincidir con la Expo de Milán, convirtiéndose así en la Bienal con la duración más larga de la historia.

Una ojeada a los eventos colaterales demuestra la fuerte apuesta de algunos países por estos eventos. Al respecto, continúa la presencia de China en varias exposiciones y llama la atención el poderío de medios de Azerbaiyán –tanto en la Expo de Milán como en la Bienal–, fuertemente publicitada (desde el vaporetto se veía un cartel que ocupaba toda la fachada de una iglesia cerca de la Plaza de San Marcos), aunque dejando una conclusión: el poder económico no implica necesariamente buen hacer, ni en Venecia ni en Milán. No obstante, sí revela estrategias del propio sistema en torno a estos eventos, donde la propuesta de Azerbaiyán se extiende a otros proyectos como The Union of Fire and Water, presentado por Yarat y llevado por PDG Arte Communications, que también ha llevado muchos pabellones, como Andorra, Ecuador y otros eventos colaterales, en una línea de continuidad que muestra business varios.

Pero lejos de ingenuidades, es evidente que el respaldo económico es necesario para la supervivencia de este modelo, así como su estructura basada en la competencia pacífica de naciones, que garantiza la masiva presencia de las mismas. De ahí también la fuerte presencia de marcas como Swatch, la habitual de otras como Enel, Illy o Artemide, y la fuerte irrupción de Samsung, que ha patrocinado la ampliación del Museo de la Academia.

Aun así, y reconociendo la necesidad de financiación, al final todo ello no hace sino reforzar una convicción: el arte “político” no es más que una de las principales manifestaciones del arte oficial del capitalismo neoliberal. Así, no hay arte del mañana en esta edición, sino mirada al origen de disputas sin orientarse hacia por-venir alguno, dejando únicamente cautivadoras fábulas y vagabundeos inciertos. Desvelar nuestra memoria es siempre fundamental, pero solamente si genera campos de interés capaces de vislumbrar un horizonte de posibilidad, labor que en esta Bienal ha quedado más bien en una confusa arqueología del presente. 

*Foto: Joana Hadjithomas & Khalil Joreige. Latent Images: Diary of a Photographer. Padiglione Centrale – Central Pavilion ARENA. 56. Esposizione Internazionale d’Arte - la Biennale di Venezia, All the World’s Futures . 56th International Art Exhibition - la Biennale di Venezia, All the World’s Futures. Photo by Isabella Balena. Courtesy by la Biennale di Venezia.

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