Dentro de unos años, espero, algún crítico sociólogo se dará cuenta de que el proceso de transculturación entre el mundo hispano y anglosajón que servirá como paradigma para entender la época que nos ha tocado vivir se ha reflejado con mayor contundencia y claridad en la obra de Beto Hernández que en los lugares donde hasta ahora se han dedicado a buscarlo de modo insistente. Aún así sí ha habido críticos que se han acercado a Love & Rockets, la excepcional revista que dio a conocer a los hermanos Hernández. Pero casi todos se han mantenido en el cómodo terreno de las clasificaciones fáciles. Sobre todo en las claras diferencias en el trabajo de los hermanos en sus inicios. Los que se sentían más cercanos a las artes plásticas preferían la obra de Jaime, mucho más acorde con su tiempo y más experimental pese a sus desvaríos narrativos. Los que se acercaban al cómic desde la narrativa se decantaban por la obra de Beto (Gilbert), que bebía de un modo más evidente de los narradores literarios hispanoamericanos y era mucho más conservadora en lo gráfico.
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¿Por qué pensamos que lo nuevo está abocado a arrasar con lo antiguo? Parece que la infografía acabará matando al lápiz y al papel (ya se sabe, «video kill the radio star»), cuando en realidad la multiplicidad de opciones técnicas disponibles (novísimas u obsoletas) puede ayudar a repensar el significado, ético y estético, que la elección de una forma de hacer implica. Es por eso que quienes hoy abrazan el stop motion (animación artesanal con objetos hecha fotograma a fotograma) merecen una consideración diferente a la de sus ilustres maestros.
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A pesar de lo que se diga, la semana de ARCO sigue convirtiendo a la capital del Reino en el atractor no sólo de los profesionales sino de todo aficionado al arte, que se precie, del país. De acuerdo, es una feria pero de siempre ha sido algo más que eso al menos para la escena española.
Este año el ambiente no es de euforia precisamente; la crisis ha retraído a los coleccionistas a lo largo de 2009 y 2010 no pinta mucho mejor. Tampoco la dirección de IFEMA ha colaborado en facilitar las cosas, muy al contrario, el año pasado subía el precio del m² como si hubiera bonanza y en los últimos meses, frente al temor de no vender toda la superficie, proponía por su cuenta, y prescindiendo de la opinión del comité seleccionador, bajar el listón de exigencia e incluir a galerías de dudosa trayectoria o que, simplemente, no encajaban en ella. Hubo plante de las galerías que han acudido durante años, aquellas que han colaborado de manera específica a crear el digno perfil que mantiene la feria.
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Foto: Martí Perarnau
La inauguración de la exposición SONIC YOUTH etc: Sensational Fix no pudo comenzar de forma más coherente a la mitología de la banda. En la recepción de la primera planta del Centro de Arte 2 de Mayo (CA2M), con sede en Móstoles (Madrid), una guitarra eléctrica pendular oscilaba de forma algo temeraria junto a las cabezas de los asistentes. Los propios integrantes de la banda, Lee Ranaldo y Steve Shelley, acompañados del cantaor Enrique Morente –quien aseguró no conocer qué iba a suceder en el improvisado recital hasta pocos minutos antes de su llegada– tornaron esta suerte de "performance de bienvenida" en una estimulante pieza de fusión de vanguardia entre rock, flamenco y música clásica. Esta última quedó representada exclusivamente por un arco de "cello" que no sobrevivió a su encuentro salvaje con las cuerdas de las descargas eléctricas de la guitarra de Ranaldo.
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Las novelas de Carlos Labbé son, como puede comprobar cualquiera que se acerque a ellas, curiosas narraciones que parecen estar construidas sobre la confusión y el discurso a borbotones de personajes sometidos a contextos extremos, narrados en el límite de la cordura y la enajenación. Y es muy habitual que una lectura superficial de ellas, de cualquiera de las tres que hasta hoy ha publicado como libros “convencionales” –largo aunque muy interesante sería hablar de sus experimentos en los que ha usado como soporte internet-, a saber: Libro de plumas (Ediciones B, Chile, 2004), Navidad y Matanza (Periférica, 2007) y la recién editada Locuela (Periférica, 2009), arroje la idea de una narración descoyuntada, alocada, más centrada en el texto, de tectus (tejido), en sí que en la armazón de la historia que sirve de excusa a la novela. Porque la narrativa de Labbé rompe de modo consciente la idea convencional que tenemos de una narración. O sea, que es perfectamente consciente de que la superficie de la narración, el discurso, es lo que constituye su existencia y lo que le da entidad en sí. Dicho de otro modo para que nos entendamos: una novela no es la historia que cuenta, sino el discurso que el autor genera en torno a esa historia.
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