Revista digital de cultura
y arte contemporáneo

ARTÍCULOS

lunes, 20 de marzo de 2017
Es todo cierto. Bruce Conner.
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid.
Por: Juan Jesús Torres Jurado
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 En su lúcido ensayo Contra el tiempo. Filosofía práctica del instante (Anagrama, 2016), el jovencísimo Luciano Concheiro arenga a una revolución calma y silenciosa que luche contra la aceleración descontrolada de nuestros tiempos hipermodernos. Partimos de la aceptación de que cualquier acto de vanguardia es un movimiento de emancipación de la realidad acuciante. Por eso supone un respiro la simple idea de detención, o al menos, de ralentización ante el desenfrenado ritmo de sobreproducción de nuestro tiempo. Leo en el folleto de exposición que Bruce Conner (McPherson, Kansas, 1933 –San Francisco, 2008), de acuerdo con Agamben, era contemporáneo porque contempla[ba] fijamente su propio tiempo no para percibir su luz sino sus sombras. El apego temporal enlaza con el latente conato del arte más contemporáneo por recuperar ciertas figuras periféricas que fundamentaron su creación en la contradicción y en la polivalencia. Quizás la analogía no sea evidente en cuanto a forma, pero ciertamente sí de fondo. El tiempo de Conner es incierto y apocalíptico y el nuestro inconcuso y post-apocalíptico. En ambos, un común denominador; el miedo en el cuerpo. Cualquiera con intención de profundidad se dará cuenta de que a este ritmo nada ni nadie puede llegar entero a buen puerto. Entonces, la reacción en sí ya es un acto de manumisión y, el arte como comportamiento, se alcanza a través de la resistencia. La misma que muestra Conner en su intento de ensamblar en uno todas las contradicciones que advierte y la misma a la que Concheiro alega: la simultaneidad libertadora del instante.

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Entrada de Juan Jesús Torres Jurado
martes, 7 de marzo de 2017
Leo el ABC Cultural del pasado viernes y no entiendo nada
Por: Alicia Murría
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Las páginas 18 y 19 del suplemente cultural de abc publicado el sábado 4 de marzo me han dejado estupefacta. Están protagonizadas por dos críticas sobre dos exposiciones que confluyen en su temática: la más extensa se titula “De la desilusión de toda expectativa”. La segunda: “Hablar de arte para no hablar de lo que el arte habla”. La extensión de los textos contribuye a confundir los contenidos de ambas propuestas. La primera aborda de 1975 a 1992 en la colección del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, comisariada por su director, Juan Antonio Álvarez Reyes.

Quien firma la crítica habla de que es una exposición que trata de poner en valor los fondos del museo para, a continuación, preguntarse para qué sirven las exposiciones y cuál es su finalidad. Pasma el planteamiento, pues parece cuestionar de un plumazo la labor realizada por el CAAC que, me permito señalar, ha sido y es valorada muy positivamente por parte de la crítica especializada y el sector del arte en su conjunto. Que se plantee juzgar la trayectoria de este centro hablando de una exposición que no parece ser un punto central de su programación, sino una revisión de acompañamiento, sorprende.

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Entrada de Alicia Murría
lunes, 6 de marzo de 2017
Aitor González, Lo que le susurra Bob a Charlotte
A del Arte, Zaragoza
Por: Ana Revilla
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Cualquier objeto puede ser utilizado para crear.

La exposición de Aitor González (Valencia, 1994) en la Galería A del Arte de Zaragoza, Lo que le susurra Bob a Charlotte, nos muestra las posibilidades estéticas y conceptuales de los objetos simples y cotidianos. Son esculturas abstractas que beben tanto de su función pasada como de su reconversión estética a través de la monumentalidad que le da la propia exposición. De hecho, la práctica escultórica de A. González se centra habitualmente en dichas posibilidades, presentando al público sus creaciones como elementos vulnerables, expuestos a multitud de interpretaciones. Él mismo argumenta esa acercamiento a los objetos pero también, la búsqueda de una nueva relación con el espectador, generando “una especie de sistema compartido que se da en la sala de exposiciones donde el artista propone una imagen y el visitante la aprehende”.

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Entrada de Ana Revilla
lunes, 12 de diciembre de 2016
REVISIONES: ÁLBUMES, PROMESAS Y MEMORIAS. VISIONA 2016
Diputación de Huesca
Por: Alejandro Ratia
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Munemasa Takahashi. Lost & Found, 2011

 

San Agustín recalca que la memoria no contiene a las cosas sino sus imágenes. “No entran allí estas mismas cosas materiales –escribe–, sino que unas imágenes que representan esas mismas cosas sensibles son las que se ofrecen y presentan al pensamiento cuando sucede que uno se acuerda de ellas”. Esa memoria, perteneciéndole, no alcanzaba a comprenderla. “Yo mismo no acabo de entender todo lo que soy”, confesaba. Como si esa memoria fuese a la par personal y ajena, parcial pero inabarcable. Desconfiamos no tanto de la memoria como de la capacidad para explorarla. Sería el matiz que introduce el adjetivo posesivo. Mi memoria pasaría a ser tan sólo lo que sé decir de ella, un territorio donde quedan por hacer todo tipo de descubrimientos. La desconfianza en esta capacidad, que llega a ser extrema en los neuróticos, conduce a complementar la memoria con anotaciones y recurriendo a instrumentos gráficos. Las relaciones entre lo consciente y lo inconsciente, o entre el recuerdo y la memoria encontraron en la fotografía una herramienta, pero también una metáfora. Pero Freud advirtió de lo defectuoso de la fotografía como “dispositivo auxiliar de nuestra memoria”, pues no puede maniobrar con la libertad de las facultades naturales. Su propia materialidad se lo impide. Es por ello que las fotografías, entendidas como objetos y no como producción, recobren cierto sentido estratégico en manos de los artistas. Se trataría de la creación de un territorio intermedio entre su fijeza y su obstinación enigmática, y la receptividad instintiva y móvil de la memoria.

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Entrada de Alejandro Ratia
lunes, 5 de diciembre de 2016
Tecnologías de la violencia
Arts Santa Mònica. Barcelona
Por: Alfonso López Rojo
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Paolo Pedercini, Welcome to the Desert of the Real, 2009. Cortesía: Paolo Pedercini  y Arts Santa Mònica.

La mano invisible

Las palabras que el 15 de julio de 1974 pronunció la locutora norteamericana Christine Chubbuck, antes de dispararse y morir en directo ante las cámaras de televisión cuando presentaba el noticiero de su programa, fueron estas: “De acuerdo a la política del Canal 40 de brindarles lo último en sangre y entrañas a todo color, están a punto de ver otra primicia: un intento de suicidio”.

Ese mismo año, el escritor inglés de ciencia ficción David G. Compton publicó “The Continuous Katherine Mortenhoe”, novela que, en 1980, Bertrand Tavernier convertiría en la impactante película “La muerte en directo”.

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Entrada de Alfonso López Rojo
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